EL LADO OSCURO DE LA COSTA RICA FELIZ: A propósito de la novela En la oscurana de Rodrigo Soto

He leído recientemente la estupenda novela de Rodrigo Soto En la oscurana y debo decir dos cosas. Primero: algo bueno tenía que salir de un exquisito derrame de líquido articular en la rodilla izquierda; entre el reposo obligado y las tres o cuatro sesiones diarias de hielo para bajar la inflamación, he leído casi el doble de lo que había leído para esta misma época el año pasado. A este ritmo, alcanzaré el promedio de lectura finlandés y ni yo me voy a aguantar. Segundo, En la oscurana es una de las mejores novelas costarricenses que he leído.

Rodrigo Soto, versátil escritor que ha sido premiado por su narrativa breve (dos veces ganador del premio Aquileo J. Echeverría y finalista del Premio Casa de las Américas), también es un prolífico novelista cuyas obras han circulado dentro y fuera de Costa Rica. La novela que nos ocupa fue publicada por Lanzallamas en 2012 y narra la investigación que emprende una periodista costarricense sobre los peligros que enfrenta el turismo en Guanacaste. Lo anterior, desde luego, suena muy aburrido; pero es que decir solo eso es quedarse corto. Incluso si dijéramos que la novela trata sobre una periodista costarricense que descubre una sórdida trama de turismo sexual, agresión, prostitución infantil y homicidio, seguiríamos quedándonos muy cortos y no parecería que hubiera diferencia con respecto a otro montón de narraciones que podrían tratar de lo mismo.

La atención de la novela realmente se mantiene en su protagonista absoluta, Sylvia, y los más ínfimos detalles de sus acciones, tanto las extraordinarias (como la investigación que efectúa sobre el terrorismo en Guanacaste) como las ordinarias (desde hablar con su madre por teléfono hasta ir al baño, cagar y bañarse). A la larga, las segundas llegarán a tener más importancia que las primeras y entonces nos percatamos de que nos vacilaron, de que esta novela no trata sobre Guanacaste ni el turismo ni la prostitución infantil ni el asesinato de una extranjera ni nada de eso. Deja de ser un relato de qué pasó y después qué y cómo termina y se convierte en un relato de qué le pasó a Sylvia y qué pensó Sylvia y cómo se siente Sylvia. A partir de cosas tan nimias como cambiarse de ropa o ir a sacar el carro del taller, los pensamientos de Sylvia nos conducen a la profundidad de sus inseguridades, complejos y prejuicios. Es más o menos como si yo especulara que se me derramó el líquido de la rodilla porque tal vez soy un fracaso como deportista y debería resignarme a engordar y llegar a ser otro diabético panzón y cervecero que participa dócilmente de una degradación social que de cualquier forma no va a revertirse porque yo o cualquier otro Perico Los Palotes llegue a ser maratonista… por ejemplo.

El narrador se demora todo lo que se le antoja en estos aspectos y a través de ellos nos lleva con éxito hacia las bases morales de Sylvia bombardeadas por lo que sucede en su exterior, sea un pleito con el excabro, el machismo, las chispas del oficio o los terribles secretos que revela su investigación. Al mismo tiempo, nos lleva a las tembeleques bases morales de la Costa Rica Feliz.

Sin embargo, la clave de pesimismo que domina en toda la obra está dosificada y conserva la sutileza casi siempre. No es un texto lacrimoso que parezca gritar “vean qué historia tan cabrona, vean qué mierda es el mundo, mejor ni siga leyendo…” No lo necesita. Más bien se aliviana en los momentos justos gracias a alguna que otra ironía muy bien presentada con el choteo tico.

Formalmente, la prosa es un festín de detalles que sin embargo no la hacen sentirse recargada excepto por algunos pocos y breves momentos. El autor demuestra que sabe hacer muy bien algo en lo que muchos otros colegas y coterráneos por desgracia la pifian: reproducir el habla costarricense con sus diversas posibilidades. Y no me refiero al mae, a vos y al pachuco; me refiero a las entonaciones, los acentos, el doble sentido, el léxico, las interjecciones y los ruidos vacilones, la alternancia entre usted y vos, las frases hechas, etc., etc., etc. Y lo más importante: el dominio de los registros, las diferencias entre las formas de hablar de cada personaje y hasta la forma en que un mismo personaje modula su forma de hablar según la situación o el interlocutor. Este es un tema sobre el cual existe una cátedra desde el 16 de enero de 1605 que debería ser más que suficiente, pero muchos escritores siguen fallando, al hacer hablar a todos sus personajes igual, igual entre ellos, igual al narrador… e incluso igual al escritor, cuando uno lo conoce en persona. Don Rodrigo (quien me ha pedido hasta la saciedad que omita el “don”) se junta con doña Jéssica Clark, don Guillermo Barquero y don Alexánder Obando en mi lista de los escritores nacionales actuales que sí saben reproducir el habla de nuestro país sin que suene a un pésimo anuncio comercial de comida rápida con voseo forzado.

Con la misma precisión con que reproduce el habla tica, el autor describe todo lo demás, pero siempre en modo menor, siempre con una orquestación oscura y áspera. La descripción del paisaje, que alcanza niveles impresionistas, participa de esa atenuación de los colores generalizada con que se muestra a Costa Rica. No es la Essencial Costa Rica apabullante que parece sacada de CSI Miami. El excelente retrato de “lo costarricense” y lo que yo llamaría “al chile al chile costarricense” no deja de manifestarse ni por un momento en todos los aspectos de la novela. Además de ofrecer la pintura más exquisita de un aguacero cerrado que yo haya leído, Rodrigo Soto agarra a Costa Rica, le quita la ropa y la exhibe pornográficamente. Como si fuera una persona de la cual nos enseñan el video erótico robado, no podemos volver a verla igual jamás, por más que tratemos.

El único pecado que podría yo atreverme a señalar en esta sólida narración, es la superficialidad en la cual se queda por momentos la desmitificación de la Costa Rica Feliz. El texto pierde sutileza cuando aborda la denuncia de un desarrollo turístico en Guanacaste que no se concreta en prosperidad para sus habitantes (sino a menudo lo contrario) y además la pérdida de soberanía sobre el litoral en favor de intereses extranjeros. Esta denuncia, que de por sí no es nada nuevo, se expresa de una forma tan obvia e innecesaria que bien se hubiera podido prescindir de ella. Los hechos narrados, sin que haga falta señalarlos como en una pizarra de escuela, son lo suficientemente poderosos para pasearse de sobra en el mito del país más feliz del mundo. Otras novelas con el cacareado propósito de hacer esto mismo se quedan a un nivel muy superficial y no pasan de tirar pedradas como las que uno lee en Facebook todos los días. La novela de don Rodrigo, en cambio, profundiza con naturalidad y eficacia; no necesitaba tirar pedradas y las veces en que lo hace (que por dicha son pocas) son los únicos momentos en que se tambalea.

Por lo demás, se trata de una novela bien cimentada en su propuesta y ricamente ejecutada que recomiendo muchísimo para leer en esos momentos en que uno se siente como el único perdedor que no le grita su felicidad al mundo.