Cuento – La mujer de Roy

Ella alzó las manos y recibió la lluvia para envolverse de gloria, y no supo quién estaba más eufórico, si ella o el cielo, apoyara el cielo su causa o no. Lo que más adoraba de ver caer la lluvia en el bosque, es que parecía como si los árboles crecieran de arriba hacia abajo, y las ramas fueran las raíces y las raíces las ramas. Se dejó caer en el césped, todavía con el arma en la mano, y el cadáver de Roy a su espalda. Lo que más adoraba de estar ahí, bajo la lluvia, con el cabello suelto frente a sus ojos, es que parecía como si su cabello también cayera desde el cielo. Se preguntó si en algún momento la felicidad se acabaría.

De pronto, escuchó el primer gemido, a su derecha, y detectó con el rabillo del ojo un movimiento que no pertenecía al hormigueo de movimientos de la lluvia. Su primera reacción fue solamente mirar el cuerpo de Roy que extendía su mano para alcanzarla; e incluso cuando la mano de Roy cayó pesadamente sobre su muslo, ella no hizo nada más que observarlo, preguntándole a su cerebro si aquello en verdad estaba sucediendo. Fue en el momento en que Roy abrió los ojos y mostró aquellas corneas amarillentas cuando ella se apartó y se arrastró en el suelo para alejarse; Roy la sujetó del tobillo, pero ella se zafó a patadas. Levantó precipitadamente el arma y disparó; la bala dio en el cuello de Roy, pero este no dejó de avanzar hacia la chica y logró atrapar uno de sus zapatos; ella volvió a liberarse con un atolondrado movimiento de pedaleo; gateó sobre el césped encharcado y se puso de pie. Roy también se levantó del suelo, pero con más dificultad y movimientos descoordinados. Ella le disparó varias veces.

—¡DÉJAME EN PAAAAZ!

Él, sin embargo, bañado en sangre que la lluvia hacía correr más rápidamente, caminó hacia su esposa con los brazos extendidos para atraparla, y el arma se quedó sin balas. Entonces ella corrió entre los árboles, y aunque Roy parecía avanzar mucho más despacio, le desesperaba no correr lo suficientemente rápido. Salió de aquel grisáceo templo dórico formado por los troncos de los árboles, donde las capas de lluvia semejaban cortinas tendidas en desorden; cruzó la calle de tierra que pasaba frente a la casa, abrió la puerta principal, entró y cerró con fuerza, como si estuviera luchando para contener una ventisca.

Se asomó a la ventana; Roy no se veía. Tomó el teléfono, pero no había servicio; probó la computadora; pero no había Internet. Se asomó otra vez a la ventana; Roy no se veía. Encendió el televisor y pasó de canal en canal; sin señal, sin señal, sin señal; un predicador hablando furiosamente sobre el fin de los tiempos; sin señal, sin señal; aquella vieja y loca película de los Gremlins; sin señal, sin señal, sin señal; Roy no se veía; sin señal, sin señal; música, Justin Bieber o algo; sin señal, sin señal, sin señal… Por fin, un noticiero; disturbios en Europa occidental, miles de personas enfrentándose al ejército. Roy no se veía. Probó el teléfono, probó Internet, sin señal; Roy…

La familiar silueta de Roy, con su familiar tambaleo, surgió entre los árboles. Cruzó lentamente la calle, sin prisa, pero con algo de alarmante y perentorio en su forma de caminar. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para distinguir el tono amarillento de sus ojos, ella se apartó de la ventana. Pronto empezó a escuchar el característico golpeteo de Roy contra la puerta, y los gemidos gangosos entre los cuales poco o nada se filtraba de su varonil y potente vozarrón.

Pasaron muchos minutos; nada de teléfono, nada de Internet, nada de televisión, todo sin señal, y ni Roy ni la lluvia cesaban de llenar el interior de la casa con sus ruidos, que se sumaban a los canales vacíos de la televisión. Ella apagó el televisor y fue como subirle el volumen a los ruidos de la lluvia y de Roy. Se asomó a la ventana; la camisa de su esposo era casi transparente; la expresión en el rostro de Roy le pareció de consternación, y en sus ojos había, le pareció a ella, un fruncimiento de angustia, quizá dolor. Se sentó en el sillón grande, y se sintió desesperada en cuestión de segundos…

…así que fue a abrir la puerta para dejarlo entrar.

Pero antes efectuó algunos preparativos: buscó el juego completo de las llaves de la casa y las llaves del Hummer de Roy, abrió de par en par las puertas que comunicaban de la sala de estar a la cocina, y de la cocina a la cochera; se armó con una escoba y se dirigió hacia la puerta principal.

La abrió y caminó hacia atrás, tomando distancia con el palo de la escoba.

—Ven aquí, Roy… Sígueme…

Roy la siguió, presuroso pero torpe, golpeando muebles y tumbando cosas, entre ellas sus trofeos de fútbol, que siempre estaban ordenados e impecables, como todo en la casa. Entraron a la cocina; él daba pasos ansiosos y extendía hacia ella su boca muy abierta, con los dientes muy expuestos. Recorrieron la espaciosa cocina y entraron a la cochera. Ella se deslizó entre el auto y la pared, sacó de su bolsillo la llave del Hummer y abrió una de las puertas; Roy extendió un brazo y estuvo a punto de atraparla, pero lo detuvo la puerta del auto. Su esposa corrió hacia el portón de la cochera, lo abrió, salió de la casa, volvió a cerrar el portón y corrió tan rápido como nunca; rodeó la casa y entró de nuevo por la puerta principal, cruzó la sala de estar y la cocina y se asomó cautelosamente a la cochera. Tal como supuso, Roy todavía estaba atorado con la puerta del auto, tratando de deslizarse entre ella y la pared, tratando de llegar al portón por donde había visto escapar a su esposa; no se había percatado de que ella estaba detrás de él, mirándolo piadosamente.

La chica cerró la puerta con llave y Roy quedó encerrado en la cochera, junto a ese monstruoso y cuadrado Hummer que a ella nunca le había gustado. Poco después, reinició el golpeteo, pero esta vez contra la puerta de madera que separaba la cochera y la cocina.

Ella le habló:

—Roy… tendrás que quedarte allí mientras tanto. Ya no vas a mojarte.

Hizo una pausa para escuchar, pero no hubo cambio en el persistente golpeteo contra la madera. Continuó:

—Tal vez… tal vez las cosas se arreglen, no lo sé… Tal vez haya… algo; no lo sé…

Hizo otra pausa.

—Roy…

Y otra pausa.

—¡Roy!

Nada de teléfono, nada de Internet, nada de televisión, todo sin señal, sin cambio en los sonidos de la lluvia y de Roy. Entonces, ella se derrumbó:

—Roy, perdóname… ¡Perdóname!

Se apoyó en la puerta y rompió a llorar.

—¡Por Dios, Roy! ¡Perdóname! ¡Dios mío, perdóname!

Y sus propios sonidos se sumaron a los de la lluvia y los de Roy.

Pero no fueron los únicos; de pronto se percató de otros sonidos nuevos que provenían de la sala; cosas cayendo, algo quebrado, las patas de un mueble empujado. Se asomó a la sala y descubrió horrorizada a la turba de gente que invadía la casa a través de la puerta principal; todos ellos con el mismo color amarillento de los ojos de Roy, con la misma expresión de furiosa angustia, con la misma forma caótica de moverse, con los mismos gemidos acuosos, y los brazos y las bocas tendidos hacia ella. Apenas tuvo tiempo de arrebatarles la puerta y cerrarla. Más invasores llenaron el patio trasero y comenzaron a romper los vidrios, pero los barrotes de las ventanas les impidieron entrar a la cocina.

Apoyada de espalda contra la pared contraria, y armada con un cuchillo de carnicero, la mujer de Roy los miró detenidamente, hasta concluir que no podrían, al menos por un tiempo, entrar a la cocina; pero concluyó también que aquella turba sería muy perseverante. Se dijo que al menos tenía víveres congelados y todo lo necesario para estar allí varios días; incluso, la cocina tenía su propio baño. Eso era lo que más adoraba de Roy: que nunca faltaba algo en la casa; y era una buena casa, bien construida, sólida, segura, casi fortificada… hijo de puta Roy.

Pero en ese momento, vio el último de los horrores: entre la multitud de caras del patio trasero que se apretujaban contra los vidrios y los barrotes, reconoció la cara de su hijo, con el mismo color de los ojos de Roy…