HABLEMOS SOBRE “ESO”

Por fin llegó Eso a los cines.

Es la tercera adaptación (sí, son tres) que se hace de la novela homónima publicada por Stephen King en 1986 y la primera en pantalla grande. La miniserie de 1990 fue un hito que puede jactarse de haberle producido pesadillas a mucha gente y haber alimentado la cultura popular con numerosos referentes imborrables como las letras rojas del título, el globo, el barquito de papel, la boca de la alcantarilla, multitud de frases célebres y, ¡cómo no!, la estampa del payaso más aterrador de todos los tiempos: Pennywise, interpretado por el grandioso Tim Curry. Esta producción de dos episodios ha sostenido su prestigio hasta nuestros días, al punto en que muchos sin duda habrán pensado que el mayor reto del nuevo filme para la pantalla grande sería superar a aquella modesta película para televisión hecha con recursos limitados y efectos especiales rudimentarios. En estos aciagos días en que la reputación de Hollywood está por el suelo y los malos resultados de taquilla son cada vez más frecuentes, el contar con un alto presupuesto, superestrellas y alta tecnología ya no garantiza nada. El mayor miedo que me daba ir a ver esta película es que fuera otro de los anafres que se han paseado en el género del terror; pero por dicha, en ese sentido, no me asustaron.

Supieron hacerla; el director argentino Andrés Muschietti, que apenas cuenta con otro largometraje antes de It (Mamá, 2013), supo hacerla. Y creo que sus buenos resultados, tanto en estética como en taquilla, se deben a que no es precisamente otra típica superproducción. Su presupuesto en realidad es “bajo” para las costumbres actuales: treinta y cinco millones de dólares. Su elenco es casi desconocido; era más famoso el elenco de la miniserie de 1990, que era como ver Ocean’s Eleven pero con artistas de televisión: Jonathan Brandis, John Ritter, Annette O’Toole, Richard Masur, Olivia Hussey, etc. Sus efectos especiales son comedidos y oportunos, siempre subordinados a las necesidades narrativas y no al revés. Sin ser tampoco algo prodigioso, es una película muy bien hecha y eso se agradece en estos tiempos de flojera hollywoodense.

Esta entrega de lo que se supone será una bilogía, narra el primer enfrentamiento del Club de los Perdedores con Pennywise. El reencuentro del grupo de leales amigos ya adultos y su batalla final contra el bicharrajo con forma de payaso quedará para la prometida segunda parte. A diferencia de la miniserie de 1990, que está ambientada en los años cincuenta, esta nueva It se sitúa en los ochenta y ofrece una maravillosa ambientación de la época. Es como un capítulo de larga duración de Stranger Things, con todo y la tropa de chicos en bicicleta y hasta uno de sus jóvenes actores (Finn Wolfhard, en el papel del simpático Richie Tozier). Esto me hace preguntarme si la nostalgia ochentera será otro factor de su éxito. Siguiendo el ciclo vital de veintisiete años de Pennywise, la segunda parte estará ambientada en la actualidad. Será interesante ver cómo reflejan el cambio de las modas, la música y la tecnología y cómo encaran el reto de lograr el mismo atractivo al situarse en nuestro aburrido presente. También habrá que ver quiénes conformarán el elenco adulto para que Bill, Ben, Richie, Eddie, Mike, Stan y la inolvidable Beverly sigan siendo ellos y no se desfiguren con caras conocidas. Yo vería muy probable (y agradecería mucho) que recurran a flashbacks para seguir cautivando con la nostalgia, las referencias a los clásicos y el carisma de las versiones jóvenes de los personajes.

Más allá de que asuste o no, la narración de esta It de 2017 es fluida y precisa, con una buena alternancia entre los momentos terroríficos y los jocosos, y una excelente continuidad de escena a escena llevada por la música y un fantástico trabajo de cámaras. Las numerosas tomas panorámicas le aportan autenticidad al poblado ficticio de Derry, además de los minuciosos detalles en la escuela, el cine, la biblioteca, el río, el bosque, la boca de la alcantarilla y la siniestra casa de Neibolt Street, que son espacios tan reconocibles y emblemáticos para quienes hemos leído alguillo de Stephen King. Los personajes están muy bien actuados, a pesar de que la mayor parte de su elenco son niños y adolescentes y, como dije, no hay ninguna superestrella consolidada.

Hay muchos de esos inevitables sustillos de bichos que aparecen de pronto y ruidos sorpresivos, tan típicos de Hollywood, pero por dicha también hay un excelente suspenso de anticipación, acecho, oscuridad y horror psicológico. Destaco sobre todo la formidable escena del baño de sangre con Beverly y su padre, momento que está perfectamente a la altura de otros “baños de sangre” clásicos como los de Carrie y The Shining, amén de su carga simbólica y el excelente desempeño de la jovencita Sophia Lillis. Me encantaría decir muchas cosas sobre esta pelirroja, pero solo tiene quince años. Y no, no crean que soy un pervertido en camino de ser viejillo verde; es que el despertar sexual es uno de los temas principales de la novela, aunque predeciblemente fue suavizado en la película. Seguiremos esperando para ver en pantalla “aquella escena” tan comentada de Beverly con los otros chicos y que por ahora solo existe en el papel.

Finalmente, como en toda adaptación de algo de Stephen King que se respete, hay cualquier cantidad de espantajos y dientes y garras y jachas horribles y pellejos y purulencias que, si no dan miedo, por lo menos son muy divertidos y le dan a la película un delicioso aire de clásico B que por dicha no echaron a perder con abusos de CGI. Hay homenajes por doquier y hasta Regan MacNeil poseída se asomó por ahí. Ah, ¿se les fue ese detalle? Pues vayan a ver la película otra vez.